Alfredo

EL libro

El legado es un libro que demuestra con hechos que, respetando una escala de valores y siendo fiel a las propias convicciones, una persona puede cumplir con su misión en la vida. Desde una perspectiva particular, Alfredo Román aborda las dinámicas políticas y económicas de la Argentina de los últimos 50 años y cuenta la aventura de hacer negocios en América del Sur. Profundiza también en aquellas temáticas que lo obsesionan y que, está seguro, deberían ser la base para la construcción de una sociedad mejor: la ética, el valor de la familia, la búsqueda de la felicidad colectiva y la necesidad de fortalecer las instituciones republicanas.

“Lo creo un defensor sincero de la democracia. Lo sé un defensor de la economía productiva. Y lo siento un nacionalista en el buen sentido de la palabra. Un empresario que cita a Juan Bautista Alberdi y propone la educación como piedra angular del desarrollo, acredita su pertenencia al país donde nació y desarrolló su actividad humana”, describe Rodolfo Terragno en el prólogo.

Este libro es la historia de una persona que muestra su forma de ser sin esconder nada. Sus convicciones y compromiso con la familia y la sociedad lo hacen reaccionar en cada momento adoptando roles acordes a las circunstancias. Hoy en día comparte sus cinco décadas de trabajo para redoblar y potenciar su aporte a la sociedad. Adentrarse en El legado es atreverse a pensar a la Argentina de una manera inspiradora.

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Alfredo Alberto Román

Alfredo Alberto Román

5O años
de empresario independiente

1 · 2 · 3

Nació en Buenos Aires el 16 de enero de 1943, en el seno de una familia humilde. Sus abuelos habían llegado de la provincia española de León con la ola inmigratoria.

Es el mayor de cuatro hermanos; su padre fue empleado de comercio y luego taxista; su madre, ama de casa.
Empezó a trabajar desde muy joven: a los 13 años ingresó como aprendiz de mecánico en un taller, donde cristalizó su vocación por los motores y su pasión por la tecnología.

En 1961, con tan sólo 18 años, se inició en la vida empresarial, al comprar su primer camión.. Cuatro años después fundó Transportes Román S.R.L. Hacia principios de la década del ’70, con 27 años y una familia constituida, su empresa ya era líder del transporte pesado en la Argentina. Desde entonces,  su crecimiento fue continuo, creando y desarrollando distintas empresas dedicadas a actividades de transporte, logística, ingeniería, construcción, metalúrgica pesada, finanzas, seguros, puertos y  de salvamento y buceo.

Con trabajo constante e inventiva permanente, logró convertirse en uno de los más exitosos empresarios argentinos de las últimas décadas, siempre vinculado a la industria y al desarrollo estratégico de la infraestructura del país.

Intervino en las obras más importantes, entre las que se puede  citar :  la construcción de las represas de Chocón, Alicurá, Futaleufú, Yacyretá y Salto Grande; incursionó  en la industria petrolera junto a YPF y Pérez Companc; participó en los proyectos nucleares de Río Tercero, Atucha I y Atucha II; instaló Petroken (Ensenada), la primera planta petroquímica prearmada que llegó al país; trabajó en la construcción de casi todas las destilerías de petróleo y de las plantas compresoras de gas; construyó gasoductos y líneas de alta tensión; colaboró en el desarrollo de Zárate-Brazo Largo y del puente que une Resistencia con Corrientes. También desarrolló servicios en el mar, incluyendo relevamientos del estado de protección catódica y el posicionamiento del gasoducto del estrecho de Magallanes.

Con la puesta en marcha de Exolgan, la terminal de contenedores ubicada en Dock Sud, Alfredo Román  logró concretar uno de sus mayores sueños. Hoy en día este puerto maneja más de un tercio del comercio marítimo argentino y se encuentra entre los más modernos del mundo. Fundó también Exologistica, LPI (Logistic Platform Investment) e ITL (International Trade Logistics), dándole forma al sistema portuario y logístico más importante de la región.
En definitiva, no hay obra de gran envergadura en el país donde la  Organización Román no haya participado, siempre promoviendo el desarrollo nacional y proveyendo tecnología de punta.

Ha extendido también sus negocios a casi todos los países de América Latina y Estados Unidos.

En la actualidad, Alfredo Alberto Román concretó un legado para su familia por medio del cual convoca a sus hijos y nietos a seguir sustentando una cultura de trabajo fundada sobre valores que trasciendan a la sociedad. También fundó el Club Román, un espacio donde junto a sus tres hermanos y respectivas familias trabaja para preservar los valores fundamentales.

Como fundador de la Organización Román www.organizacionroman.com y presidente de la Fundación Trabajo y Desarrollo Humano www.fundaciontdh.com.ar, trabaja cada día junto a sus hijos y colaboradores para velar por el cumplimiento de su Misión.

Trípode del desarrollo

“Estoy convencido de que la Argentina tiene la oportunidad de recuperar el tiempo perdido y encontrar su camino, insertándose en un mundo crecientemente competitivo. Puede, además de potenciarse individualmente, capitalizar las ventajas que resultan de su pertenencia a América del Sur. Para recorrer ese camino, nuestro país necesita consolidar el trípode de desarrollo que constituyen el capital humano, los recursos naturales y las instituciones republicanas”.

La capacidad de aprendizaje y la versatilidad de los argentinos son reconocidas en todo el mundo. Son numerosos los compatriotas que se han destacado a nivel global en las ciencias, el arte, los deportes, la ingeniería, las actividades técnicas, el diseño y la medicina.

El crecimiento alcanzado en los últimos años en el sector tecnológico y en el agropecuario, por ejemplo, fue posible gracias a la demanda del mercado y, justamente, a la capacidad de adaptación y de trabajo de los argentinos.

José Ortega y Gasset, refiriéndose al enorme afán de superación de los argentinos, decía en 1929: ‘Este es el tesoro fabuloso que posee la Argentina. Yo no conozco ningún otro pueblo actual donde los resortes radicales y decisivos sean más poderosos. Contando con parejo ímpetu elemental, con esa decisión frenética de vivir y de vivir en grande, se puede hacer de una raza lo que se quiera. Por eso, buen aficionado a pueblos, aunque transeúnte, me he estremecido al pasar junto a una posibilidad de alta historia y óptima humanidad con tantos quilates como la Argentina.

Con 2.766.890 kilómetros cuadrados de extensión territorial, sin incluir la Antártida, la Argentina es el segundo país más grande de América Latina y el octavo del mundo. Su superficie posee un patrimonio natural incalculable: tierras fértiles, recursos forestales, yacimientos mineros a lo largo de los cuatro mil quinientos kilómetros de cordillera, fuentes energéticas provenientes de hidrocarburos y una de las reservas de agua dulce más grandes del planeta. El país cuenta con cuatro mil setecientos kilómetros de costa atlántica, ríos navegables que conectan el Norte con el Centro del país y puertos naturales de aguas profundas que unen el Sur con la capital de la República.

Estos recursos requieren ser cultivados, desarrollados y preservados en aras de su sustentabilidad; por sí solos no significan riqueza, y mucho menos para las futuras generaciones.

La seguridad jurídica es la ‘certeza del derecho’ que tiene el individuo de que sus derechos económicos o civiles sólo serán modificados por procedimientos regulares y conductos legales formalmente establecidos y publicados con la debida antelación. Lamentablemente, la Argentina es uno de los países de la región con más baja seguridad jurídica, mientras que algunos de nuestros países vecinos están experimentando procesos de consolidación institucional dignos de imitar.

La Argentina, salvo en contadas excepciones, no ha logrado mostrar reglas de juego estables; cada gobierno las ha ido modificando en función de su enfoque particular de la economía y del manejo de la burocracia estable. La Constitución le confiere al Poder Ejecutivo atribuciones que históricamente le han permitido controlar, de una manera u otra, a los poderes Legislativo y Judicial. Esto limita la libertad de acción de estas instituciones y les quita la independencia que debieran tener. Dicha situación también daña al federalismo, ya que coarta la acción de los gobiernos provinciales.

Resulta imprescindible instalar una cultura basada en principios éticos, que le permita a cada miembro de la sociedad acceder a una buena educación y a un trabajo digno.

Todos los ejemplos apuntan en la misma dirección: la transformación es posible, pero requiere una decisión consciente de la clase política y empresaria. La Argentina necesita ser un país confiable, para reinsertarse en el mundo desarrollado, tal como lo hizo a fines del siglo XIX, cuando apenas estaba consolidada como nación: en un lapso de poco más de treinta años, su PIB creció un 80%, mientras que el de los Estados Unidos lo hizo un 35%. Eramos por entonces, qué duda cabe, un país competitivo en el concierto de las naciones.

Pienso que la investigación científica debe ser apoyada con más recursos por parte del Estado y el empresariado. Un país que apuesta a la ciencia y a la tecnología tiene garantizado su futuro.

El afianzamiento de este trípode de fortalezas, desde mi visión, permitirá que la Argentina inicie un proceso de desarrollo económico sostenido, potenciando sus ventajas comparativas y agregando valor a sus commodities, sin dejar de lado su desarrollo industrial, con captación de nuevas tecnologías, lo que brindará mayor libertad de acción y puestos de trabajo a la población.

La efectiva unificación de América del Sur sería una gran ventaja. Con una población estimada en cuatrocientos millones de personas en 2010, y contando con algunas de las economías con mayor capacidad de crecimiento y de inserción competitiva a escala global, la región constituye un entorno con gran potencial.

Reflexiones

Debemos revalorizar a la familia como la institución más idónea para abordar los dilemas que trajeron aparejados los cambios sociales provocados por la posmodernidad. Para ello resulta necesario posicionarla nuevamente como el eje central de la sociedad y como primera y principal ‘escuela de valores’, trabajando para que vuelva a ser un verdadero ámbito de contención y de amor. La familia es la garantía para formar mejores personas.

Sé que hay muchos jóvenes que opinan que es anticuado defender a la institución familiar. Pero creo que si tenemos paciencia y logramos trasmitirles el valor de la familia , fuente de amor y felicidad y supervivencia humana- podremos hacerles comprender que aquel es un pensamiento erróneo y que el hogar es esencial para la vida.

Mi familia fue mi primera fuente de valores. Gracias a mis padres, a mis abuelos y mis tíos, desde muy temprana edad he ido incorporando una serie de preceptos que me ayudaron a forjar mis principios. Principios de hierro que hoy me mantienen en pie, con una familia que me enorgullece

La Argentina debe realizar los mayores esfuerzos para llevar adelante una política educativa efectiva y sustentable. Y la economía del país debe estar delineada de modo tal que permita ofrecer empleo a nuestros egresados

Cualquier esfuerzo de inversión o trabajo será inútil si no se pone el foco en la base del gran problema nacional, que es la educación, valor principal que debemos rescatar para todo habitante de nuestro país. Muchas de las falencias que hoy presenta nuestra sociedad podrían enmendarse con la proliferación de escuelas que, en horario extendido, apliquen programas dedicados a la enseñanza de oficios.

Cuando yo era joven, la pregunta recurrente era: ¿estudiás o trabajás?. Hace algunas décadas, quien desertaba de la escuela, como fue mi caso particular, tenía como horizonte el mercado de empleo. Pero en la actualidad la deserción escolar no suele dar lugar al ingreso al trabajo, sino que relega al joven al terreno de la exclusión social: la deserción es el espacio de reclutamiento de los adolescentes en un mundo en el que aumenta su vulnerabilidad producto de la violencia urbana, el abuso y la adicción a las drogas.

Tal como Domingo Faustino Sarmiento visualizó en su momento, si hay algo que puede marcar el futuro de un país es la educación. Eso fue lo que hizo grande a la Argentina y constituye el camino que han seguido todos los países desarrollados.

La calidad educativa es una de las mayores deudas sociales en la Argentina. La escuela constituye la última frontera en la que el Estado y la familia tienen la oportunidad de instruir e imbuir a nuestros jóvenes en los valores universales.

Desde el principio tuve claro que, para alcanzar un crecimiento sostenido sobre bases sólidas, no era suficiente contar con una buena organización y con el equipamiento adecuado. Lo esencial era lograr que los colaboradores estuvieran alineados con la cultura de trabajo del Grupo y cimentar un modelo de negocio que garantizara ventajas competitivas.

Incorporamos a los mejores profesionales del mercado e implementamos una política de recursos humanos que los hiciera sentirse parte integrante de la firma. Muchos de los que empezaron por entonces, siguen trabajando a mi lado. También se sumaron al equipo miembros de la familia: mis hermanos, algunos tíos y primos. Entre todos creamos una mística que nos permite superar los obstáculos y proyectarnos hacia adelante.

Uno de los grandes desafíos que tuvimos que abordar fue el de revertir la desconfianza de las corporaciones multinacionales hacia las empresas argentinas dedicadas a los servicios y la construcción de equipos pesados. El hecho de que en el país no se invirtiera en desarrollo tecnológico generaba muchas dudas en el mundo desarrollado.

Tuve que cerrar compañías, trabajar sin cobrar para mantener el empleo de mis colaboradores y reclamar de todas las formas posibles por las injusticias que padecí. Debí mantener cerrado durante catorce años Exolgan, que en la actualidad es el mejor puerto de contendores del país. Me tocó también confrontar a los hombres más poderosos de la Argentina. A veces las circunstancias me sobrepasaron, pero no estoy arrepentido de haber luchado. Si hubiera traicionado mis convicciones, hoy no podría soportarlo.

Fue mi padre quien nos inculcó los principios básicos sobre el bien y el mal. En sus formas simples, nos enseñó a mis hermanos y a mí a conducirnos siempre con la verdad. Para él, la mentira constituía una injuria inadmisible.

Ser honestos y prudentes es imprescindible para tomar las decisiones con ecuanimidad. Los principios universales son válidos en todo tiempo y lugar. No importa qué nos mueva a cumplirlos, lo importante es hacerlo y nunca dejar pasar el momento oportuno para actuar correctamente.

Las virtudes son cualidades, actitudes firmes y estables que nos conducen a obrar bien, a ordenar las pasiones. Como dice Aristóteles, mediante ellas convertimos el fin moralmente bueno que nos presenta la razón en un fin de nuestra voluntad. Con su práctica perfeccionamos nuestra forma de pensar y actuar

Nunca me canso de remarcar que uno define su identidad e influye sobre el medio donde se desarrolla cuando toma conciencia de que es el único que puede determinar su propio destino; cuando comprende que es capaz de ejercer su libertad, que puede optar por decir sí o no, por actuar o no actuar, por ser feliz o no serlo.

Debemos velar por el ejercicio de una justicia cotidiana y por el fortalecimiento de la institución familiar. Sólo si somos capaces de enseñarles a nuestros hijos a distinguir lo que está bien de lo que está mal, podremos formar una sociedad más justa, un país y una región donde valga la pena vivir.

A lo largo de mi carrera fui involucrándome en una cuestión que con el correr del tiempo fue cobrando mayor importancia tanto en mi pensamiento como en las prácticas productivas del grupo: el cuidado del medio ambiente. Haber llevado adelante procesos de desarrollo en la Patagonia, una de las regiones naturales más ricas del planeta, fue creando en mí una conciencia que me llevó a investigar y a invertir en prácticas de sustentabilidad.

Mi padre fue un pionero de la responsabilidad social. Siempre atento a las necesidades que veía a su alrededor, dedicaba mucho esfuerzo a encontrarles una solución a los problemas. El nos inculcó que la necesidad ajena es una prioridad que debe ser atendida sin escatimar esfuerzos ni recursos. Esto nos llevó a determinar que cada emprendimiento que abordáramos debía representar al mismo tiempo una oportunidad para mejorar la calidad de vida de los vecinos.

Hemos aprendido lo valioso que es despertar el sentido de responsabilidad social en las personas y trabajar mancomunadamente para lograr que los mismos vecinos sean los artífices del mejoramiento de sus condiciones de vida. Para esto, es imprescindible acompañarlos adecuadamente y facilitarles los medios necesarios para desarrollarse.

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